Alergias: Un error en nuestro sistema inmunitario
Dentro de poco comenzará la primavera y con ello aparecerá una enfermedad típica de esta época, la alergia; aunque también se puede dar en otras estaciones del año. Todos conocemos a algún compañero o lo hemos sufrido en nuestras propias carnes. Comienza con picor de ojos, rinorrea (mucosidad nasal líquida), estornudos o una reacción cutánea. En otras ocasiones se puede presentar como crisis asmática o como reacciones más graves.
El sistema inmunitario es nuestro “ejército” privado, encargado entre otras cosas de evitar que se introduzcan en nuestro cuerpo sustancias o agentes extraños que puedan ser nocivos para nuestra salud. Como cualquier buen ejército, este está formado por diferentes componentes, cada uno con una misión específica, para poder actuar en varios frentes. Tropas de ataque rápido, tropas de ataque especializado, guerra química… Cada uno de ellos tiene sus ventajas y desventajas.
Pero, como todo, no se nace con las tareas aprendidas sino que van aprendiendo a lo largo de la vida. Al nacer nuestro sistema inmunitario es inmaduro, se va perfeccionando sobretodo durante la infancia. El aprendizaje no es del todo conocido, pero se basa en el reconocimiento progresivo de las sustancias que van entrando en contacto con nuestro cuerpo. Hay ocasiones en las que entramos en contacto con sustancias que reconocemos como extrañas y las atacaremos. Si una sustancia que es inocua entra en el cuerpo y se reconoce como sustancia extraña, activará las medidas de protección que tiene nuestro organismo. Una de las reacciones más rápidas la producen unas células llamadas mastocitos, el problema es que la reacción que producen estas células es muy inespecífica. Estos son los encargados de preparar el terreno para facilitar el ataque del sistema inmunitario. Al ser activados los mastocitos, estos liberarán a la sangre una sustancia llamada histamina. La histamina tiene muchos efectos, entre los que se encuentran el aumentar la permeabilidad de los vasos sanguíneos y activar a un grupo determinado de células defensoras para que ataquen. La liberación de la histamina de forma descontrolada es la culpable de que se produzcan los síntomas de la alergia.
¿Pero cuales son las sustancias que provocan alergias? Cualquier sustancia puede provocar una alergia, aunque se sabe que existen unas que las provocan con más frecuencia. Entre ellas se encuentran los pólenes de plantas, los ácaros y el pelo de animales. Así que cuando una persona acude a la consulta pidiendo que le hagan las pruebas de la alergia, no se mirarán todos los alérgenos ( sustancias con capacidad de provocar alergia) posibles. Lo que se hará es inyectar una muy pequeña dosis de las sustancias alérgenas más frecuentes en la piel y se mirará si se produce una reacción. En ocasiones será muy difícil llegar a descubrir qué sustancia está produciendo la alergia. Es importante “investigar” los posibles agentes. Pensar si se ha comido algo determinado que uno no come habitualmente o si se ha cambiado de marca de champú o se ha comprado alguna prenda de vestir nueva que pueda tener un tinte que provoque alergia. A veces la localización de la reacción nos puede ayudar, ya que si, por ejemplo, se trata de un perfume, aparecerá la reacción en el lugar de la aplicación de éste. Hay situaciones en las que es necesario que se junten dos desencadenantes, como es el caso de la luz solar y algún fármaco para que haya reacción alérgica.
Lo ideal sería poder llegar a saber cual es la sustancia que nos produce la alergia, ya que la medida más eficaz contra ella es evitar el contacto con la misma. En el caso de conocer el agente que la provoca, podremos intentar tratamientos como “vacunas para alergias” donde se van inyectando dosis de alérgeno a concentraciones crecientes hasta que el organismo aprenda a reconocerlo como inofensivo. En el caso de no conocer el alérgeno o que no podamos evitar el contacto con el mismo, utilizaremos fármacos que nos ayudarán a disminuir los síntomas, como son los antihistamínicos.
Como siempre os recomiendo que no intentéis automedicaros, sino que acudáis a vuestro médico de cabecera. Él sabe cual es el tratamiento que más os va a ayudar.